Predicando en el desierto
CADA VEZ que veo a San Juan de Dios predicando en el desierto, como hace aquí en la iglesia de Jaén que llevaba su nombre, me acuerdo de la desamortización de Mendizábal.
Y cada vez que me acuerdo de la desamortización de Mendizábal se me afloja el entrecejo. Ahora me entero de que a la desamortización de Mendizábal se la conoce también como la desamortización de Godoy, lo que conserva algo de la gracia, o más simplemente la desamortización española, lo que ya no tiene ninguna. De manera que prefiero seguir llamándola la desamortización de Mendizábal y todos contentos.
Ahora tocaría explicar qué es la desamortización de Mendizábal y por qué estoy hablando de ella a propósito de esta prédica de San Juan de Dios en el desierto. Pero eso ya no tiene tanta gracia. Digamos al menos que si un sitio en España fue sagrado, es decir si perteneció a la Iglesia o a alguna de sus congregaciones, y dejó de serlo y pasó a ser propiedad del Estado, esto es así a causa de la desamortización de Mendizábal.
Digo esto porque estuve en Jaén hace un par de días y visité varias iglesias y conventos —abundan— que mediante la desamortización de Mendizábal están ahora convertidos en museos, galerías, auditorios o recintos por el estilo. Como este en el que predica San Juan de Dios.
Por lo demás, si hay una ciudad subvalorada, ésa es Jaén, lo que tal vez se explica por el prejuicio anti Jaén que circula y la apunta como la menos atractiva de las capitales andaluzas. Y no se trata de comparar pero Jaén está estupenda, su gente es simpática, sus lugares suelen ser interesantes y su gastronomía buena, bonita y barata. Lo digo y lo repito aunque sé que, como San Juan de Dios, estoy predicando en el desierto