Dos viñetas sobre la inmigración en este pueblo

ESTE ES un pueblo blanco, con sus casas encaladas entreveradas en la colina y coronado por un castillo de piedra que mira el mar. Y es blanco también en el sentido de que la piel de su gente lo es aunque esté curtida por el sol abundante. 

Suelo contar que este pueblo lo han formado cinco oleadas sucesivas de migrantes a lo largo de su historia. Por orden de llegada: los fenicios, los romanos, los árabes, los castellanos y los noruegos. Esto último es una chirigota, aunque bien es verdad que últimamente vienen aquí unos cuantos escandinavos, sobre todo en invierno.

Pero también poco a poco se han ido instalando dos comunidades de gente llamada de color, al punto de ser ya fácilmente reconocibles. La mayoritaria la componen los senegaleses. Hombres jóvenes que se han desembarcado de pateras y abrigan la esperanza de un día traer a los suyos que quedaron en sus pueblos. Algunos, los menos, ya lo han conseguido. Trabajan en la venta ambulante de camisetas y de ropa deportiva y en la recogida y el embalaje de la fruta y en lo que se presenta. Son buenos deportistas, se les suele ver correr y jugar unos intensos partidos de fútbol en la playa. Son respetuosos con el prójimo y no beben alcohol porque son musulmanes, aunque el islam que practican es más ancho de mangas que el de los saudíes, por poner un caso. Son oscuros de piel, puede que sean uno de los pueblos más retintos del Africa negra. Hablan wolof, la mayoría chapurrea el francés y el español y algunos, los que más tiempo llevan aquí, lo hablan ya con cierta fluidez. 

La otra comunidad, menos visible porque menos numerosa, son los bangladesíes. Hombres jóvenes también casi exclusivamente. Trabajan en los restaurantes de comida hindú que jalonan esta costa. Son personas serias y muy discretas. Sirven de beber pero no beben, también son musulmanes, aunque el islam que practican es más o menos diferente del de los senegaleses. También dejaron atrás sus familias y algunos, los menos, a los que les ha ido bien y son ya dueños de los restaurantes que atienden, han podido traerlas y vivir aquí con ellas.

Dos viñetas con un miembro de cada comunidad para ilustrar un poco.

Uno es bangladesí y regenta dos restaurantes, uno de comida rápida y otro de comida india hecha en las reglas del arte. Muy rica por lo demás, yo aprecio particularmente el arroz biryani, los garbanzos con espinacas y las lentejas con leche de coco. Nos saludamos cuando doy un paseo por las noches mientras que él va en patineta entre sus negocios. Un día me cuenta que su mujer y su hija pequeña están en Bangladesh. La han llevado a conocer a los abuelos, le digo. A los abuelos ya los conoce, responde. Mi padre murió aquí hace poco y está enterrado en Granada.

Durante el verano en esta playa ha estado visible una chabola hecha con par de botes. Bajo ese techo precario vivían dos senegaleses. Hace unos días me encuentro con uno de ellos, y me dice que se marcha de la playa porque ha encontrado donde vivir en el pueblo. Le pregunto por su amigo y me explica que se ha ido a Senegal. No me lo esperaba porque la falta de papeles no impide salir pero sí volver a entrar. El puede hacerlo, me dice, yo no. Lleva dos años trabajando aquí y aun no tiene papeles. Le pregunto si está casado. Aquí no, responde. ¿Y en Senegal? En Senegal, sí, tengo mujer y dos hijos. Y pasa a contarme que ha estado viviendo este verano en la playa justamente para poder enviarles algo de dinero.

__________

Las fotos que ilustran este texto se encuentran aquí.

Entradas populares de este blog

Hacer koljós por última vez

Noche de vino y cerezas por el Camino de Santiago

Camino de Santiago en la prensa y las redes