El hombre que no duerme dos noches en un mismo hotel
EL HOMBRE que no duerme dos noches en un mismo hotel o el hombre que va a hacer algo y súbitamente cambia de opinión, ese es el protagonista del Nocturno hindú, la película que filmó Alain Corneau siguiendo la premiada novela de Tabucchi.
He contado antes la singular experiencia que viví años atrás cuando cerré esta novela la primera vez que la leí. Movido por esa especie de pena que entra cuando uno acaba un buen libro, encendí la tele y vi desfilar unas imágenes que si bien eran distintas a aquellas que yo había visto en el libro las reconocí enseguida como propias de este. Y la sorpresa fue mayor porque entonces no sabía que existía la película.
Pensé durante años que la volvería a ver pero no hice nada en esa dirección. Hasta ahora que, habiendo releído la novela, busqué la película y resultó facilísimo dar con ella. Está completa, en VO, y basta con apretar el botón para que se despliegue el Nocturno con su pátina de época. Filmada modestamente y mayormente en interiores, las imágenes son sombrías (es un nocturno, después de todo) e incluso las pocas escenas captadas al aire libre en las playas de Goa, con las palmeras al viento y la mar de Omán al fondo, parecen haber sido filmadas bajo techo.
Corneau cambia dos o tres personajes con relación a la novela, si cuento bien. El viejo jainista de la estación de Bombay que va a morir a Benarés (El jainismo es una religión muy hermosa y muy estupida, dice, sin ningún desprecio) se convierte en el filme en un israelí experto en arte dravidiano (el arte del sur de la India) que va a Madrás en pos de una estatuilla. El adivino de la parada de autobús entre Madrás y Goa es, en el filme, una adivina. Y el hombre de la playa de Goa, que fue cartero en Filadelfia y envía postales a sus antiguos clientes, se convierte en una escolar tan lista como bonita.
Al final de la novela no está claro si la puerta de la habitación la cierra la mujer o la cierra la pareja que forman esa última noche ella y el protagonista. En la película, en cambio, se ve claramente que ella cierra la puerta y él se queda fuera saboreando el desenlace que tantos esfuerzos le ha costado. También ver el filme después de leer la novela permite percibir mejor un par de claves. Pessoa, principalmente: todo hombre son dos vidas.
Y otra cosa que el filme vuelve nítida es que el desenlace se produce una vez que el protagonista se encuentra a sí mismo, una frase muy pero muy hecha que en este caso significa que pasa a ser íntegramente él mismo cuando encuentra a una mujer que habla su mismo idioma y con ella puede desplegar su relato (no olvidemos que la pareja es una institución narrativa, que decía Marías). Hasta entonces no había sido más que un viajero que empleaba las lenguas extranjeras, el inglés y el portugués en su caso, para indagar por la presencia de un amigo desaparecido.
Y para arrepentirse: en cada una de las situaciones vividas el protagonista abandona el impulso de hacer lo que se propone y se define a sí mismo como el hombre que no duerme dos noches en un mismo hotel. En cambio, una vez que descubre quién es, en las dos acepciones del verbo, encontrar y mostrar, ya no vuelve a arrepentirse. Este trazo es ambiguo en la novela y evidente en las imágenes, cuestión de género probablemente y de maestría del cineasta. Cuando lo fui a ver en Lovaina le escuché decir a Tabucchi que Corneau había hecho con su novela otra cosa, esto es una obra propia, y que a él le había encantado. Le doy la razón.
Y un detalle irrelevante para acabar, porque para eso están los detalles. Los adultos indios mayormente no, pero las excepciones son notables: Vimala Sar, la prostituta de Bombay, el hermano de la adivina y la colegiala de la playa de Goa son preciosos.
Y el último por ahora, que es todo menos un detalle: precioso es también el adagio del Cuarteto para dos violonchelos de Schubert que puntúa la historia.
