Ernaux, Coetzee, Le Clézio, Deluc, visto y leído

PUEDE que exagere llamando paradojas a lo que no serán más que meras contradicciones pero con el librito de la Annie Ernaux —Passion simple— me pasó que lo leí con placer sin embargo que el personaje me cayó mal. Me pasa también con otros autores, con Houllebecq, sin ir mas lejos. 

No así con los que me caen bien o francamente bien. Lo digo porque recientemente leí los Cuentos morales de Coetzee y El Africano de Le Clézio, por ejemplo, dos que juegan en esta categoría. 

Había leído los cuentos morales de manera discontinua, por aquí y por allá. Hasta ahora que los leí de corrido y me gustaron todavía más. El ordenamiento, la progresión, los dotan de una potencia singular. Del primer relato al cuento central del libro vemos como la protagonista, Elisabeth Costello, alter ego de Coetzee, va paulatinamente radicalizando sus posturas animalistas, que no dejan de tener su dosis de misantropía. Mientras que en los últimos relatos esa radicalidad va declinando. O, al menos, en la misma medida en que el personaje envejece ya no se opone con tanto furor a las realidades del mundo. Ni a lo que sus hijos comienzan a ver el mejor futuro para ella, aquél déntrese abuelito que nos espera a todos si llegamos a ser viejos. Uno de esos hijos, John, es también otro alter ego del que se vale Coetzee para que el relato se mueva, alter ego que funciona como una suerte de principio de realidad frente a la radicalidad de Costello: no se opone a sus argumentos sino que se limita a anteponerles la evidencia de sus consecuencias, el sentido común, la racionalidad. Coetzee dialogando consigo mismo a través de su yo radical y de su yo racional en unos relatos anclados en los seres y las cosas es una fiesta lectora.

También me gustó leer El Africano, de Le Clézio, libro en el que cuenta la vida de su padre y su propia infancia en Nigeria y Camerún. Su progenitor era un médico mauricio-británico que en cuanto obtuvo el titulo profesional decidió ejercer su profesión lejos del Reino Unido, en los trópicos, en Guyana primero y en África después. Y durante sus últimos años en Niza, ya jubilado, extrañaba intensamente su vida de expatriado. La prosa de Le Clézio es limpia y certera y su mirada sobre sí mismo y los suyos —su abuela, sus padres, su hermano, los niños africanos— está desprovista de condescendencia sin llegar nunca a la intransigencia.

Eso en cuanto a las lecturas. En materia de imágenes, no había visto Gauguin, el filme de Édouard Deluc. Aparte de lo mucho que se parece el actor, Vincent Cassel, al personaje, lo que no deja de facilitar las cosas, me interesó particularmente la relación entre el pintor francés y su rival tahitiano. En un momento, excedido por la presencia del isleño que se ha convertido en su sombra, copiando su trabajo y deseando a su mujer, Gauguin le reprocha el seguidismo en estos términos: sé tú mismo. 

Se trata del bucle mimético propiamente tal: si me haces caso, me imitas, y si no me haces caso también.

Test Blu-ray / Gauguin – Voyage de Tahiti, réalisé par Edouard Deluc –  Homepopcorn.fr

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