El discreto encanto de las Ardenas belgas
Tres días en las Ardenas
EL discreto encanto de andar por el campo. Dejarse llevar por los caminos despejados hasta que se despierte el hambre y buscar entonces un sitio para comer y encontrarlo cerrado, tanto como el siguiente y el subsiguiente y así sucesivamente. A quién no le ha pasado.
Las imágenes las pone el filme de Buñuel en la campiña francesa y las ha vivido uno mismo más de una vez, no es raro en gente que no tiene el hábito de reservar. Días atrás sin ir más lejos nos adentramos por unos pueblinos de las Ardenas belgas pensando en cenar por ahí cuando llegara la hora e iban asomando los bares y las cervecerías y los restaurantes, todos cerrados a calicanto.
El día anterior había sido la fiesta nacional belga, lo que bien puede explicar tanta cerrazón. Tuvimos tiempo para acordarnos del discreto encanto, claro, hasta que cuando ya nos resignábamos a ayunar hasta desayunar apareció un precioso lugar que presentaba unos platos perfumados y libres de defectos por un precio razonable, todo esto coronado por la sonrisa de la camarera.
Fuera, luz cenital y luna creciente.
El día siguiente nos encuentra en el museo de la vida rural. Casas, establos, comercios, obradores e iglesias desmontadas en su lugar de origen y reconstruidas pacientemente en este espacio al aire libre para ilustración de los visitantes. En el atrio de una casa rural ardenesa me siento como en la casa de mi padre en Amieva. En la casa de mis abuelos chilenos, en cambio, me encontré una vez en el museo etnológico de Chinchón, en Madrid. Pampiroladas de la madre patria, que decía Nicanor.
Por la tarde dimos en visitar la Basílica de Saint-Hubert, la ciudad del santo patrono de los ciervos, figura de la que han tratado de apoderarse los cazadores, como cuento en este libro, echando mano de Flaubert y la Yourcenar que lo cuentan mejor. Ya en el bosque nos dimos de cara con un hermano ciervo y confirmo que es el alma más donosa de cuantas he visto, aunque el gamo no se queda a la zaga. Ni el gamo ni la gamuza, naturalmente. También digo que la madriguera del zorro huele profundamente y que la larva de la libélula se llama ninfa y así podría seguir pintando laminas animales en honor de Saint-Hubert.
Por la noche había mucho que celebrar y como había dónde celebramos como campeones.
De regreso a Saint-Hubert descubrimos el museo Redouté, pintor que allí nació hace 267 años. No está en su casa natal, que fue destruida por un bombardeo en 1944, sino en la casa de enfrente, donde vivían los vecinos que lo vieron irse a París —cinco días a pie, dos más en diligencia— donde probó fortuna pintando las bellezas del Jardín Botánico. Dos casas más allá, una placa recuerda que allí pasó la noche Hemingway cuando cubría la famosa ofensiva de las Ardenas.
Y ya por la tarde, tras tomar unas ricas lentejas en el punyabí de la plaza, descubrimos la sorpresa del viaje, el Mudia de Redu, un pueblo consagrado a los libros, un museo sorprendente que no estaba en mis libros, intiem en onconventioneel, dice de él De Standaard y acierta.
Y en el camino de regreso, un alto para mirar correr por entre los dedos de los pies el agua del río Lesse.
Tiempo que no íbamos por las despobladas Ardenas. Un pueblo por aquí y otro muy a lo lejos. Cuatro turistas que, aunque holandeses, tienen la buena costumbre de no molestar a nadie. Un paisaje que reúne el presente con el pasado y que echaremos de menos dentro de nada.