Simpatía por las nacioncetas insulares
COMIENZA el mundial. Será el enésimo en la larga lista de los que he vivido. De todos, menos del primero, tengo algún recuerdo cargado de emoción, una emoción triste en muchos casos: la eliminación en Sausalito, el penalti de Eloy en México, el codazo a Luis Enrique en Norteamérica, el árbitro El Gandul en Corea, el bochornoso affaire Lopetegui en Rusia, los penaltis frente a Marruecos en Qatar. A todos ellos se los llevó por delante la alegría del golazo de Andresito en Sudáfrica.
En el 82 descubrí con sorpresa que en España llamaban al mundial «los mundiales». Y es verdad que habrá muchas maneras de verlo y de vivirlo, sobre todo ahora que ha aumentado el numero de países participantes. A propósito de eso, simpatía por las nacioncetas insulares, Haití, Cabo Verde, Curazao, las últimas en las listas de favoritos.
Hablando de Haití, la FIFA exige a ultima hora que cambie un detalle de su camiseta porque no sé qué. La FIFA que, sin embargo, es incapaz de poner cota a la sobreactuacion del gobierno de Trump. Y, por cierto, en este día señalado no está de más recordar que la FIFA es una mafia tan grotesca que el mismo año en que le entrega un premio a Trump, este desata una guerra que envuelve a medio mundo y amenaza con invadir la otra mitad, cubriéndose de ridículo. Y así es como el ahora país huésped se enzarza en una guerra abierta contra uno de los países participantes.
Un pormenor socorrido sobre la belleza y la fealdad de las camisetas. Es difícil determinar cuál es la mas bonita puesto que todo el mundo se apega emocionalmente a sus colores. Puede ser un poco más sencillo, en cambio, señalar las muy feas de las segundas equipaciones, porque justamente se apartan de los colores tradicionales. Las menos fotogénicas me parecen esta vez la suiza y la portuguesa, ambas de un verde incalificable.
Vuelvo a mi infancia, cuando el futbol se jugaba de otra manera hasta que llegó el malhadado catenaccio italiano y lo cambió todo para peor. Era impensable jugar hacia atrás como se hace ahora, el público silbaba esos pases de cobardes, y los porteros sólo usaban los pies para no caerse.
Ya para variar, sería novedoso que se cambiase la norma y se prohibiera que los porteros jugaran con las manos. Los resultados se verían abultados y el espectáculo de ver a los guardianes lanzarse por los aires para darle al balón con el corpachón estaría garantizado.
Y para zanjar el debate sobre las camisetas ya que estamos, sería tan justo como divertido que se jugase a la pelota en pelotas, como hacían los griegos.
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