Paisaje después de la batalla

Historias mundiales, 11

COMO hace mucho calor, descongelé anoche un trozo de pulpa de membrillo del membrillero del jardín. Mientras paladeaba ese manjar se produjo el prodigio de ver al portero rival vencerse en cámara lenta y de cuerpo entero ante el disparo de Alex Baena que entró también lentamente en su portería. Saber que asociaré en lo sucesivo la carne de membrillo con esa epifanía me llena de contentamiento.

Fue la única alegría de un partido feo como los de jugar contra el Getafe pero con heridos y mutilados. A mí al menos no me hace gracia ver como una banda de maleantes desmonta las clavículas y las rótulas de los titiriteros con la anuencia del salteador de uniforme.

Luego ya a la luz del alba vi como se repetía el milagro y Lukaku imponía su corpachón y marcaba en cuanto entraba al campo y disfruté de los carrerones de un muchacho al que los belgas llaman Pardo, siendo Pardo el apellido de su abuela materna, porque ya contaré otro día el lío que se arman los funcionarios brabanzones a la hora de registrar los apellidos ibéricos.

Notarían también que anoche no estaba en el banquillo de Francia el seleccionador Deschamps. Días antes había muerto su madre y él estaba donde tenía que estar. A ver si en este caso también se atreve alguna figurilla a decir que por qué lo hace siendo que mundiales, lo que se dice mundiales, los hay sólo cada cuatro años. 


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