Tierra soñada por mí

 



HACIA el final de su estupendo libro, Gerald Brenan pone en boca de uno de sus amigos una teoría según la cual la política es la pasión primaria y fundamental de todo español, el ámbito donde se vuelcan sus energías agresivas inconscientes. El amor no es capaz de competir con ellas, ni lo ha sido en ningún momento de la Historia.

Es tentador pensarlo pero es probable que el español no sea el único pueblo que se consume por las pasiones políticas. Todos lo serán, así sea con énfasis diferentes. También habrá que considerar una cuestión etaria, quiero decir que los jóvenes combinan mejor la pulsión erótica con la pulsión política mientras que los avejentados van quedado relegados a esta última.

(A propósito de esto y de la guerra eterna, con qué desprecio trataba Omar Khayyam a los ayatolás, cómo despejaba su presencia con un revés de la mano para concentrarse en su amada. Cabría escribir unas líneas sobre ese desprecio y llamarlas Khayyam contra Trump, también porque rima.)

Vuelvo al libro. Al final de la Gran Guerra el joven Brenan se pregunta dónde puede vivir más tiempo con el dinero recibido como paga tras su desmovilización. Escoge el sur de Granada, como puede elegir cualquier otro punto del Mediterráneo. El lugar, remoto entonces, lo conquista de tal modo que pasa media vida allí, en la Alpujarra granadina primero y luego en la sierra malagueña. Y escribe este libro sobre la vida alpujarreña de hace un siglo que es un modelo de escritura etnográfica, cuando no de escritura tout court.

Para no perderme en elogios refiero unas cuantas perlas para que la idea de esto que digo asome por sí sola.

Aunque los españoles tienen más virtudes y menos vicios que gentes de otros lugares, sus virtudes tienden a ser pasivas y sus vicios activos.

Sobre las meretrices del pueblo, Máxima y la Prisca, dice Brenan que como los clientes, muleros venidos de la costa, raramente tenían dinero contante y sonante les pagaban con dos huevos. Y cuando no era el tiempo de la puesta de las gallinas, con uno. 

A alguna gente mayor y testaruda se les había metido en la cabeza que los españoles hablan español, los ingleses, inglés, y los franceses francés. Así, aunque Brenan hablaba español fluidamente le entendían pero no le entendían.

La gente de los pueblos alpujarreños solía llevarse mal con la de los pueblos inmediatamente vecinos y bien con los pueblos algo más alejados (lo que confirma la teoría del vecindario que dice que una buena relación entre vecinos sólo es posible con los que viven casa por medio).

El garbanzo, del que tomo su nombre Cicerón, es una bala amarilla que explota al interior del cuerpo produciendo varios centímetros cúbicos de gas. Cuando un español come este plato siente que ha vindicado el vigor de su fibra, la de esa raza de aventureros que desafiaban a los mosquitos del Pilcomayo y del Amazonas.

Condenado a esperar sin dinero una remesa en Almería, Brenan pernoctaba en una pensión de mala muerte donde mezclaba por las noches, a la manera de Baudelaire, la brillantez de la luna llena con el hedor del cubo del retrete. 

De la infusión euforizante que se obtiene con la Catha europea, un arbusto mediterráneo pariente del qat, dice Brenan que tiene un ligero sabor a estiércol de avestruz.

¿El mar sirve para regar?, pregunta María cuando lo ve por primera vez. No. ¿Para lavar la ropa? Tampoco. Entonces, ¿para qué sirve?

Todo así. No entiendo cómo no había leído a Brenan hasta ahora, pero estoy feliz de haberlo leído por fin. Cinco estrellas de la Alpujarra.

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