Cellini, Alcott, Marconi, una anécdota tras otra

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CUENTA Cellini en su Autobiografía que estaba intentando obtener en un horno fabricado por él mismo el bronce apropiado para modelar su célebre Perseo y fracasaba en todos sus intentos, de manera que in extremis echó mano a toda la vajilla de estaño que había en su casa, la echó al horno y por fin dio con la alianza que buscaba para dar forma a la que sería su obra definitiva.

Louise Alcott, que cuando joven fue vecina de su admirado Henry David Thoreau, cuenta por su parte que tras el sonoro e inesperado éxito de su Mujercitas, los numerosos admiradores jóvenes que acudían por docenas a su domicilio para conocerla se mostraban a menudo decepcionados delante de la figura de la escritora, que ya no era joven y nunca había sido especialmente agraciada. Al punto de que uno de ellos no pudo dejar su mostrar su decepción y exclamó: «Pero yo pensaba que usted era estupenda»... 

Cuando se enteró de que un incendio había destruido la estación de radio que él había construido en Inglaterra quemando de paso todos sus ahorros y años de esfuerzos, Marconi se sentó al piano a tocar una sonata de Beethoven y sólo después de haber cumplido ese ritual se dijo que aún le quedaban fuerzas para comenzar todo de nuevo.

Una anécdota tras otra. ¿Se le puede pedir más a un libro? A otros, tal vez sí, pero no a éste.

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