Tres recuerdos con José Bengoa

CORRÍA el año 76. Más que correr el año aquel se escapaba cuando no arrastraba los pies. Eran los primeros tiempos de la dictadura y de la peor ola de la represión que no terminaba nunca y lo peor era que sospechábamos que duraría todavía unos cuantos años más. 

Tras haber sido expurgada de lo mejor de su profesorado y clausurada, la Escuela de Sociología había reabierto sus puertas a un pequeño número de estudiantes. Defraudados por el nivelito que presentaban sus cursos fuimos con José a la sede de la Flacso, donde había encontrado refugio lo mejor de las ciencias sociales de entonces, a pedir literalmente auxilio: queríamos formarnos, escuchar las voces de los que sabían cómo había que entender lo que nos había caído encima e intentar cambiarlo. 

Pepe Bengoa, lo recuerdo grande y fuerte, física e intelectualmente, nos acogió y consiguió que las lumbreras de la época aceptaran darnos unas clases en las que podíamos escuchar y debatir abiertamente. Y gratuitamente, claro. 


La Ce, que trabajó con él más tarde en el GIA, recuerda por su parte que en los albores de la constitución del colegio de antropólogos Bengoa aceptó también conferenciar para ellos, aun sabiendo que en el auditorio no habría más que cuatro almas peregrinas.


Años más tarde me encontré en Bruselas con la sorpresa de que Bengoa era una celebridad en los circuitos de la educación popular, un nombre que se citaba y se repetía a menudo en los espacios de formación y de debate. La Namur había tenido la buena idea de traducir y poner a circular un texto que Bengoa había publicado en la revista Proposiciones, de SUR, en el que sistematizaba algunas ideas sobre la acción social. La gente se mueve porque quiere participar, necesita prosperar, ser reconocida y cambiar las cosas que no le gustan, venía a decir. Cualquier propuesta de acción que no tenga en cuenta estas cuatro dimensiones simultáneamente no va a mover a nadie.


Aprovechando que estaba de paso en París lo invitamos a Bruselas y a Lovaina a hablar de estas y de otras cuestiones. Lo recuerdo cenando en mi casa, con la Namur y Guy, con Jacques y la Ce. Cuando le contamos lo mucho que circulaba su pauta de la acción social, que se discutía en lugares tan dispares y distantes como Burundi y Luxemburgo o como Angola y Chipre, respondía con buen humor: Sip, esa culebra bailó. En esa misma cuerda precisaba que, hijo y nieto de tenderos porteños como era, los problemas de género no tenían secretos para él.


Esa fue la ultima vez que lo vi. De entonces ahora cuando algún amigo común me contaba sus novedades me alegraba, y así fue como me alegré cuando me enteré de que su trabajo, su monumental Historia del pueblo mapuche, en particular, había sido reconocido con el Premio Nacional de ciencias sociales y humanidades, lo que le abrió una pequeña ventana en los medios para romper una última lanza por el valor de las palabras. Me alegré entonces, como me alegro ahora, de haber conocido y apreciado la entereza de José Bengoa. 


Descansa en paz, querido Pepe. Te lo mereces.


José Bengoa - Wikipedia, la enciclopedia libre

Entradas populares de este blog

Hacer koljós por última vez

La alargada tristeza del ciprés

Camino de Santiago en la prensa y las redes