Seis falsos Vermeer y dos detalles tremebundos
LA cosa está más fea que un partido contra el Getafe, así es que voy a escribir algo sobre Vermeer, ya está. Comienzo por decir que da un poco de tristeza recordar que Vermeer murió a los 43 años arruinado y olvidado de todos y sólo dos siglos más tarde un puñadito de admiradores, entre los que se contaban los impresionistas y Marcel Proust, lo rescataron del olvido, al punto de ser hoy considerado como uno de los grandes maestros del siglo de oro de la pintura holandesa.
Nada que Vermeer no comparta con muchos de sus pares. Para alimentar a su familia, Jan Steen regentaba una posada y Rembrandt sólo dejo como herencia un hatajo de ropa vieja.
Mirando su obra escasa resulta evidente que Vermeer pintaba casi exclusivamente mujeres jóvenes. Según Proust esto se explica porque el pintor se representaba a sí mismo en una suerte de autobiografía oblicua a través de sus personajes, como Flaubert con su Madame Bovary, por resumir.
Gombrich dice que Vermeer alcanza una precisión extrema en la manifestación de la materia, del color y de la forma, sin que el resultado parezca duro o trabajoso. La imagen de una mera persona dedicada a un trabajo cotidiano —escribir una carta, bordar, verter leche— consigue que el espectador resienta algo cercano a lo milagroso.
Digo estas cosas porque acabo de leer un libro que cuenta la historia de una de las mayores falsificaciones de la Historia, la del pintor Han van Meegeren que en los años treinta consiguió imitar con tanto mérito el estilo de Vermeer que hizo creer a toda Holanda que había rescatado media docena de obras del maestro de Delft de unos olvidados desvanes, en circunstancias que las había pintado él mismo.
Junto a la historia de Van Meegeren, el libro va contando en filigrana la vida del propio Vermeer y en parte la de Proust, gran valedor de Vermeer, y la del jerarca nazi Hermann Göring, que esquilmó a medio mundo para hacerse con una colección de pintura que rivalizara con la de su jefe y fue a su vez esquilmado por Van Meegeren, que le coló uno de sus falsos Vermeer por una millonada. Hacerlo fue su pérdida porque si a Van Meegeren lo detuvieron al final de la Guerra no fue porque hubiesen descubierto sus supercherías sino por haberle vendido un Vermeer a un jerarca nazi, lo que lo convertía en un colaborador.
Lo extraordinario del caso es que nadie parece haber presionado a Van Meegeren para que confesara que esos seis supuestos Vermeer no eran obra de Vermeer sino de su mano experta. Su confesión sentó pésimo a la mayoría de los interesados, a unos porque habían desembolsado grandes sumas por hacerse con alguno de esos falsos Vermeer —entre ellos el principal museo de Rotterdam, otros porque hipotecaron su prestigio como expertos dando por auténticas media docena de falsificaciones.
Por qué Van Meegeren decidió confesar cuando nada lo empujaba a hacerlo, sólo él lo sabía. O no del todo, solemos ser un poco turnios frente a nuestras motivaciones. Cobrarse una revancha frente a los críticos que lo habían ninguneado en sus inicios no sería la menor de estas, así la confesión se llevase por delante el suculento patrimonio ganado como falsificador y le impusiese la prisión o al menos los engorros judiciales como futuro inmediato.
La reacción de la sociedad holandesa ante la evidencia de que un contemporáneo era capaz de producir telas como si de Vermeer se tratase fue extrema en un sentido y en otro. No fueron pocos los que pusieron en duda la veracidad de la propia existencia del maestro de Delft puesto que quizá toda su obra, incluidas las telas mas famosas, La joven de la perla o La lechera, podían ser también obras de un falsificador. Y luego se dio una reacción de fervor patrio exacerbada por el fin de la guerra y el orgullo nacional maltrecho por la ocupación nazi: si Holanda había sido capaz de producir el siglo de oro era también capaz de prolongarlo hasta el presente gracias al genio de Van Meegelen.
En materia de detallazos tremebundos, el lector se entera gracias a esta historia de que el culazo de Göring medía un metro de ancho y que fue en el ano donde el muy nazi escondió la cápsula de cianuro que le permitió adelantarse a la mano de su verdugo en Nuremberg.
El libro se presenta como una novela aunque se trata de una monografía sobre Van Meegeren, con extensiones a la vida de Vermeer, Proust y Göring, como digo arriba. La historia del falsificador deja flotando al menos una inquietud porque vaya uno a saber cuántas obras maestras son grandísimas engañifas o al menos lo son en parte. Al respecto hay una formula expresiva que se repite en el mundillo del arte: de los dos mil quinientos cuadros pintados por Corot, ocho mil se encuentran en Estados Unidos.
Le daría un tres y medio sobre cinco, más por el asunto y por la acumulación de información que por el tratamiento. Aunque por cierto bien está haberlo leído en estos días retamboreados y haber vuelto a mirar de cerca a la niña de la perla.
