Africanícese, señor
«AFRICANÍCESE, SEÑOR, africanícese, señora». Así decía la divisa de una tienda santiaguina cuando yo era niño. «Vamos todos a africanizarnos a La Africana», concluía. No es porque la tienda fuese de unos parientes que lo cuento sino porque venimos de darnos una vuelta al Museo Africano de Tervuren.
Nieva en Bélgica, por lo que el sonido de los pasos sobre la nieve y el paisaje helado que rodea al museo crean un atmósfera à la Paul Delvaux muy contrastada con el trópico enfrascado en el interior.
Recorremos las salas consagradas a la música, a las ceremonias, a los animales. Tanto así que estoy seguro de que por la noche soñaré con enormes racimos de frutos colgando de árboles gigantes.
En una visita anterior seguimos a una guía que abrumaba con su discursete, de manera que esta vez disfrutamos como animalicos ir por libres y zigzaguear al ritmo de los tambores y las máscaras.
Supongo que prestar cierta atención oblicua a los demás visitantes en estos casos es inevitable. Esos tres niños africanos extasiados delante de un hormiguero. Aquella familia rusa tan compuesta que parece que su principal ocupación fuese visitar museos. Y esos jóvenes afros que instagramean con desenvoltura por entre las colecciones.
Por otra parte, entiendo los esfuerzos por actualizar los museos para intentar atraer al público, pero qué innecesarios me parecen a veces. Porque lo que de veras desplaza el foco y cambia el runrún en sitios como éste es que se trata justamente de lugares extemporáneos.
