Una mujer y un hombre


EN Un hombre y una mujer, la célebre película de Claude Lelouch, recordada sobre todo por su música, Dabadabadá, dabadabadá, los protagonistas, ambos viudos recientes, se conocen en un tren que va a París y si la atracción que sienten es inmediata, ella resiste en un primer momento por apego a la memoria de su marido fallecido. En L'orage rompu (La tormenta desatada), esta novela de Jacqueline Harpman, la mujer y el hombre se conocen en un tren que viene de París, donde la protagonista ha asistido al funeral de su exmarido, y si ella también resiste a la atracción inmediata, en su caso no es por apego a su ex, del que lleva años separada, sino por algo tal vez más simple o más complejo. Qué es ese algo que la lleva tanto a dejarse ir como a resistir es el asunto de la novela.

La diferencia de fondo entre la película y la novela tal vez radique sin embargo en el punto de vista que, tratándose de la obra de Harpman, es asumidamente femenino. Es la protagonista quien da cuenta del encuentro y en paralelo indaga en su intimidad para sacar a luz tanto los impulsos que la llevan a los brazos del desconocido que tiene en frente como los que la frenan, en un notable ejercicio de lucidez. Para interrogarse, también intenta indagar en la intimidad del desconocido, pero en este caso la indagación sólo puede revestir un carácter hipotético porque él se expresa por lo que dice y lo que hace pero no por lo que piensa, mientras que ella no sólo dice y hace sino que sobre todo piensa constantemente.

El es un hombre de negocios y está contento de ser quién es. El breve contacto con la mujer —una hora cara a cara en el vagón comedor de un tren— lo transforma, sin embargo: «Qué quiere que haga ahora conmigo. Ahora que la conozco no me reconozco. Qué locura que el encuentro con una desconocida haga que ya no te reconozcas». Y de qué poca cosa depende un encuentro, agrega, y pasa a contarle que antes de que el camarero la instalara a ella en la mesa que él ya ocupaba, había sentado frente a él un desconocido que decidió cambiarse enseguida de lugar porque reconoció a un grupo de amigos un par de mesas más allá. «Bendigo a esa gente, dice, y si conociera su dirección les mandaría flores todos los años en esta fecha para celebrar el aniversario de esta locura».

Sous le charme, ella duda sin embargo. ¿Por fidelidad a la que ha sido hasta entonces, por miedo? Hubiese hecho saltar por el aire su vida pero yo me habría mantenido intacta, se consuela diez años después. Mantengo la cabeza fría aun cuando tenga fuego en el vientre. Nunca me embriago, convierto el vino en agua. El drama de mi vida es que a veces confundo amor y deseo. Esta vez no lo hace.

PS / La novela es de 1998. Tal vez cargue con un remanente de la ideología del 68, la que sitúa el encuentro amoroso como un posible punto de ruptura con la normalidad más o menos anestesiante en que pueden encontrarse sumidas las personas o, para decirlo con un término que la novelista no utiliza, con la alienación a la que se habían dejado arrastrar. El amor que puede romper cadenas, la fuerza inefable del O que sera, que sera.

PS 2/ Ambos son belgas, ella bruselense, él valón de Huy. Tanto así que desde la ventana del tren a la vista de la lluvia que cae en pleno otoño y del canal cuyo caudal refleja las nubes cargadas de una tristeza modesta que de tan habitual ya nadie llora, ella comienza a imaginar un planeta en el que la luz del sol es enemiga del ser humano y cuando el cielo se despeja, lo que ocurre una vez cada diez años, la consternación se adueña de la gente. Un sueño o pesadilla propiamente belga.

PS 3/ La obra de Jacqueline Harpman, que murió en 2012 a los 82 años, alcanza por estos días un súbito subidón de interés. Yo que nunca supe de los hombres, una de sus novelas, publicada en 1995, fue redescubierta en 2020 por una crítica que la puso a circular en las redes sociales y encontró rápidamente un publico ávido de una historia como esa (un grupo de mujeres sometidas por el poder de los hombres consigue liberarse). En pocos años esa novela ha sido traducida a más de 25 idiomas y está siendo muy leída por un ingente contingente de lectoras. Una fama póstuma, un caso similar al de la cineasta Chantal Akerman, en particular al de su película Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, más o menos olvidada hasta que en 2022 un critico influyente lo calificó como el mejor filme de todos los tiempos. Curiosamente, tanto Akerman como Harpman eran bruselenses de origen judío. Ambas alcanzaron una audiencia media en vida y parecen ahora haberse adelantado a su tiempo, en el sentido de que la audiencia masiva ha llegado una década después de muertas.

PS 4/ Una cita de Harpman que echa luz sobre la contigüidad entre sensualidad y mímesis: «Miraba a los muchachos y verlos sólo me informaba sobre ellos, aún no sobre mí misma, y si ese de los ojos azules me hubiera mirado de vuelta estoy segura de que no habría sabido qué hacer con esa mirada. Yo miraba solamente. Hubiese mirado durante horas, tanto mis ojos se deleitaban. Hoy, cuando he aprendido a pensar en cosas de las que entonces no sabía nada, diría que si los muchachos me gustaban era porque yo quería ser como ellos».

PS 5/ Y otra, la del estribo, sobre la imposibilidad de no comunicar (o, dicho de otra manera, sobre la imposibilidad de sustraerse al vaivén mimético): «Intentando no intervenir en la vida de los demás queremos creer que no influimos en nada, cuando en verdad lo que hacemos es dejarlos en manos de otras influencias». 

PS 6/ Amén de ser novelista, Harpman era psicoanalista. Lo digo ahora por si ya no lo habían notado.

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